Microrrelato El Masajista

Jon Bicho

Publicado febrero 27, 2024

Un día cualquiera, de cualquier día normal en la vida de una persona anónima e introvertida, el decidió salir a conocer personas de una manera diferente, llevaba mucho tiempo encerrado en su timidez, pensó que la mejor manera de abrirse e interactuar con los humanos era dando masajes tántricos, nunca lo había hecho,  quizás llegaría a explayarse y romper ese silencio que todos llevamos dentro que nos habla con pequeños susurros sinceros y atrevidos, “¡Hazlo!”

Su profesión por vocación era la física, con sus teorías y todas las fórmulas que con llevan, esta rama de la ciencia tiene muchas y las que falta por descubrir y demostrar, la física es infinita e indeterminada en algunos situaciones semejante a las personas. 

Se sentía encapsulado, quería poner en práctica la nueva teoría, el alma de la física y su cuerpo, deseaba romper su silencio interior, pensó que sus manos tenían un don, y podía trasmitirlo y conectar con otros cuerpos y llegar a tocar el alma de algún humano desconocido para conocerlo, poder relacionarse y abrirse a este mundo fatigada y estresado por las prisas y la hipocresía del desdén.

Llego el día que comenzó a dar los deseados masaje a personas anónimas y clases de yoga sin frontera, lo llamaba así porque sus alumnos mientras lo practicaban y estiraban los músculos del cuerpo para crear una distensión, alma cuerpo, lo realizaban desnudos, así la vergüenza se desvanecía por debajo de la puerta. 

Su nuevo trabajo lo ejercía en paralelo al otro, lo mantenía en secreto, ese dinero extra que le proporcionaba no le hacía falta para pagar facturas, pero corría el riesgo de que si se enterara su jefe, chafado a la antigua lo despediría, pero el riesgo valía la pena, esta vida hay que hacerla de cemento armado si no quieres que te destruyan.

Los nervios de su cuerpo corrían más rápido que la sangre por sus venas, se paró un instante en el descansillo de la habitación donde iba hacer su primer masaje, su cliente le esperaba, para los dos era la primera vez, se presentaron e intercambiaron dos besos budistas en la mejilla, le invitó a desnudarse completamente, para que el masaje fuera más fluido y levitador, los dos permanecieron sin ninguna prenda, habitaba el silencio, sus manos recorrían y se deslizaban por el cuerpo como la física cuántica y partículas de los átomos. 

La sesión duró ochenta minutos, los dos cuerpos se comprendieron hablaban con caricias y fricción, pero decidieron que por hoy era suficiente, se vistieron sin apenas soltar una palabra, se miraron fijamente por unos pocos segundos, el cliente le dejó el dinero encima de la vieja mesita de madera donde estaban la cremas hidratantes, se despidieron escuetamente con un hasta luego y gracias. 

Pero por dentro de ellos quedó algo desconocido y con hormigueo, pero en ese momento fue una anécdota nueva. Pasaron unas pocas semanas y el cliente volvió a pedirle cita porque necesitaba relajarse y salir del estrés, necesitaba sus manos mágicas y su cuerpo desnudo perfumado de su calor natural embriagador con conexión a otro planeta hegemónico. Los dos estaban esperando a volverse a ver y comprobar si la primera sesión sólo fue un espejismo en este desierto de ciudad hambrienta de encontrar alguna luz cálida. Volvieron a realizar el mismo ritual que la primera vez, desnudarse sin mediar palabra, el masajista puso música de meditación para armonizar la sesión con acordes tibetanos. Metió sus manos en el tarro de la crema de la aloe vera, estaba muy fría, la empezó a extender por ese cuerpo templado y tembloroso, sus manos calentaban la crema y se fundía por la espalda, por las piernas, como la cera de una vela que se va derritiendo por su diminuta luz, tiritaban por dentro. El masajista solapó su pecho sobre la espalda del cliente, empezó a deslizarse sobre él con convergencia, la erección se notaba en el culo del cliente como frotaba su capullo judío circuncidado por su ano, la revolución había comenzado, deslizó sus labios protuberantes carnosos por el cuello, por las orejas del cliente sin titubear, se dejaba llevar por un impulso inconsciente, luego se tumbaron uno al lado del otro apoyando sus costados en el futón, se besaron desde fuera hasta dentro, por fin se tocaron por primera vez un órgano, el órgano que palpita y bombea sangre, luego el masajista se revolvió y se tumbó encima de su cliente se enzarzaron a lengüetazos,  bocados, y retozones, el cliente intentó follarle su culo pero el masajista no se dejó, con mucha arrogancia y seguridad, el cliente le exclamó a su oído !tú y yo sabemos que vamos a terminar haciendo el amor!, hubieron unos breves y largos segundos de respuesta espontánea, SÍ. 

Sonó la alarma, esa sesión terminó de manera regresiva y se guardaron emociones para la próxima vez.

Quedaban claras algunas preguntas no hechas entre ellos, pero sí para si mismo, había física entre ambos y resiliencia.

El masajista no se dejaba dominar por ninguna adicción, quería tener el control absoluto absurdo de sus acciones y no perder el control para no salir de su camino recto de las emociones, enamorarse no estaba en su diario de abordo, periferia vivir sin sentir, para no tener que vivir con dolor.

El cliente pidió hace mucho tiempo una orden de alejamiento hacia el amor, fue cumplida satisfactoriamente.

Hay pensamientos que son independientes de nosotros, por mucho que intentes censurarlos tienen vida propia y ajena a la razón.

Llego la tercera sesión, esa habitación, ese futón estaban preparados, de los otras dos veces aún estaba caliente, olía a cuerpos mancipados, esta vez el saludo fue más próximo y ya había unas cuantas moléculas de confianza, comenzó con el ritmo de siempre pero algo más acelerado, esta vez sí que hubo la magia decisiva. De repente tocaron a la puerta con mucha prisa, era un compañero del coworking, necesitaba su ayuda porque un cliente se había desplomado por un bajón de tensión. El destino provoca muchas incertidumbres ajenas a nosotros, esta vez no quería que ese masaje se terminará hoy, quedó esperando en la sala de espera para una próxima vez.

Al viernes siguiente, el cliente le envió un mensaje a su masajista para comer con él, quedaron en las torres, el cliente llegó 10 minutos tarde, a veces unos pocos minutos de demora pueden tener un significado de nervios relevantes.

Comieron sushi y abrieron la compuerta de la conversión intimista,  después de la comida, el cliente invitó a su masajista a su casa para continuar la charla, llegaron al apartamento, estaba gélido por la ausencia de la calefacción, para entrar en calor se metieron dentro de la cama hicieron una siesta despertando la lujuria, se empezaron arrancar la ropa a jirones, ya estaba conectada la calefacción humana, empezaron a comerse a besos y a más besos por esos dos cuerpos trémulos, el frenesí les dominaba como animales salvajes en su habita carnal, si existiera el infierno estos dos arderían en el.

El masajista se montó enzima de su cliente mientras los labios seguían unidos, eran adherentes y las lenguas entrelazadas, salivaban y la saliva se mezclaba, el masajista cogió la polla de su cliente y empezó acariciase su ano con el capullo, jugueteaba y gemían, el mismo se introdujo la polla lubricada en su culo  de porteño con curvaturas perfectamente redondas, entro hasta dentro del todo, el cliente no paraba de hacer sentadillas entrando y saliendo, la polla se descapullaba con mucha facilidad en su interior, parecía que se conocían ese culo y esa polla de siempre, encajaban como un tornillo y una tuerca, sé corrió enseguida, pero el masajista no le permitió que lo hiciera dentro, le dijo quizás más adelante, cuando te lo ganes de forma legítima, le baño todo su culo con una leche recién ordeñada, estaba muy caliente casi se lo quema, luego siguieron con el forcejeo, el cliente le cogió la polla se la acariciaba, se la metió en la boca, se la introdujo toda hasta el interior de su garganta profunda, ¡que rica!, le hizo una paja, sé corrió encima de su pecho peludo, después de tanto orgasmo estaban extenuados, se abrazaron y les salió un suspiro lánguido, permanecieron cogidos dos horas sin casi pronunciar palabra, pero si intercambiaban las miradas de conjuro etéreo, los dos estaban descomulgados, por fin.

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