Microrrelato Lucia

Jon Bicho

Publicado febrero 26, 2024

Era una chiquita con cuarenta y pico años, no me acuerdo exactamente de su edad, pero siempre parecía que tenía cumplidos los dieciocho. Tenía un trapecio de vida con mucho vértigo, como su culo duro y sus piernas musculosas de tanto correr por las mañanas. Le gustaba salir hacer footing antes que el sol amaneciera, corría unos cuantos kilómetros intentando llegar a la meta, a veces lo conseguía otras se desvanecía, su meta era estar en armonía, cuerpo-mente. Su mayor logro hasta hoy, tener una buena familia que la respetaba, la quería y un puñado de amigas, cuatro y un amigo gay que la entendía como una extensión de ella y la incentivaba. 

 

Sobre todo tenía un marido incondicional que la sustentaba con su apoyo emocional y perdonándole todos sus devaneos. Su hombre estaba bien hecho, no solo por su físico escultórico, si no por inercia interna, la mayoría de los de su género deberían copiarle, por generoso, por responsable, por trabajador e igualitario. Se casó con el primer príncipe azul, que se le cruzó por su camino de juventud para evadirse de su hogar, por suerte no le salió sapo, encontrar un hombre así con esas latitudes es difícil, escasean.

 

Se había montado una falacia de vida, por fuera daba la imagen de una chica algo alegre, divertida, robusta e imbatible, con su carisma innato, no lo hacía adrede, simplemente se había maquillado demasiado para la obra de esta noche que estaba interpretando, no quería enseñar los bastidores a cualquiera, eran muy privados, uno podía imaginárselos hasta que estabas dentro. 

Hablaba a gritos porque pensaba que no la estaban escuchando y también por llamar la atención, igual que una niña, le faltaba algo de autoestima, violada por la vida, le arrancaron el amor propio en plena infancia, no había tenido un progenitor adecuado y educado, fue un malparit.

 

Yo la observaba desde todos sus puntos cardinales, cuando la miraba no me hacían falta mis gafas de cerca para ver lo que estaba palpitando en su mente, nos confesamos mutuamente, éramos almas gemelas de aura sin haber nacido del mismo vientre.

 

Bebía mucha cerveza desde la mañana a la noche, no las llegué a contarlas nunca, lo hacía para disculparse de su pasado, Lucia era mucha mujer, demasiado y una yegua salvaje con anchas caderas y muy liberal, pero las líneas rectas de la monotonía de la vida, le aburrían, le hacían saltárselas como un control de alcoholemia de la Guardia Civil cuando te detienen para hacerte un test, ella casi nunca lo pasaba, la multaban y le retiraban el carnet de la vida perfecta que marca esta sociedad tan censurable, lo hacía premeditadamente inconsciente, por esa razón necesitaba beber de vez en cuando de la aventura de un hombre que no era el suyo. Tenía dos adicciones, las cervezas y los amantes que le hacían renacer, para darle un motivo para seguir viviendo.

 

Era lasciva por conocimiento de causa, por la necesidad de sentirse arropada y valorada.

Tuvo un amante que le duró siete años, lo conoció por casualidad en un bar, los dos estaban solos, tomándose una cerveza en la barra, después de trabajar, los dos eran comerciales, el le pregunto a ella si tenía fuego, fue una excusa para poder hablarle. Ella le dio su mechero que se sacó de su bolso diminuto de imitación a piel, él le ofreció un cigarro, se salieron a fumar fuera, comenzaron a charlar del trabajo, de la presión que les ejercía no llegar a objetivos. Sus miradas se clavaban como agujas en una almohadilla de coser y pronto se perderían en el pajar de la lujuria. Él estaba casado con una mujer anodina pero con dinero.

 

Les unió el morboso sexo algo sado y a escondidas, se citaban en lugares sórdidos y alejados de la civilización. La ataba, le arrebataba toda su ropa en el asiento trasero del viejo Renault Clio, era un coche incómodo, se clavaba el freno de mano en su culo rocoso bien perfilado y sin cantos, cada vez que follaban, de ese hombre le atraía su mirada intensa, y su verborrea casposa, pero para ella era pura poesía cuando le hablaba, sentía sus palabras cómo se deslizaban desde su oído hasta su escote, al igual que su lengua cuando le lamía todo su pecho, le comía sus tetas con forma de manzana Red Delicious. La aventura extramatrimonial tenía un final, lo dejaban y volvían, discutían y eso les provocaba el morbo de terminar follando. Al final consiguió dejarlo definitivamente, era una relación cancerígena, lo bloqueo en las redes sociales y en su móvil, ella lo paso fatal fue un mal trago.

Durante un tiempo estuvo calmada, dos años de paz interior, pero poco a poco esa tranquilidad se la comía por dentro, como el óxido se come el hierro, le faltaba el aire para respirar, y el oxígeno es imprescindible para vivir.

Le llamó un viejo amigo, Fernando para pedirle ayuda, arreglarle unos papeles del trabajo y esa ayuda se convirtió otra vez en aire, oxígeno y nitrógeno, el morbazo estaba servido en la mesa. Se la follaba en la mesa del despacho, por detrás a cuatro patas sin quitarle el tanga. Ella me negaba que no iba a volver a caer en lo mismo de siempre, pero como ir en contra de ti mismo, de como tu eres, es como decirle al escorpión que no pique.

Era su energía, sus feromonas perfumadas de lujuria, lo que atraía a los hombres, y el hueco de la nostalgia de su alma deshabilitada, los encendía, los convertía en pirómanos.

Lucia no era la mujer más bella del mundo, su cara no tenía unos rasgos bien definidos, más bien redondos, con unas cejas depiladas excesivamente, ya que las tenía muy pobladas, lo mas hermoso de ella era su ojos color marrón dulces como la miel y el color de su piel bronceado natural, venía heredado de sus antepasados árabes o gitanos, nunca tuve claro su árbol genealógico. Lucia exprimía a los hombres y se los bebía a chupitos hasta no dejar ni el poso de ellos, nunca fue una ninfomana, solo disfrutaba de su coño.

 

Una noche salió de fiesta con su amigo gay, bebieron más de la cuenta, él sugirió que se quedara a dormir en su casa, compartiendo la única cama que tenía, era un invierno muy frio, la noche estaba helada, los dos borrachos, se acostaron, ella se desnudó se dejó puesto su tanga negro de encaje y una camiseta blanca de su amigo que le estaba grande, tipo camisón, el siempre dormía desnudo pero por respeto a ella se dejó puesto los calzoncillos, ella esa noche está muy frágil había llorado varias veces hablando de su infancia, le pidió a su amigo si la podía abrazar mientras dormían, necesitaba unos abrazos hogareños y sinceros, sin connotaciones sexuales, él se prestó si titubear. Ella empezó a temblar de escalofríos, era el cariño que se le metía por debajo de la piel y le acariciaba por dentro. Él le dio unos cuantos besos en la nuca para relajarla más y que encontrara la paz en el sueño, lo que consiguió fue despertar el fuego, detrás de un beso llegaron otros, el también se encendió empezó a crecerle su polla, ella la notaba entre sus entrepiernas, le quitó las bragas de manera suave, poco a poco se iban deslizando por su piernas, eso la ponía más cachonda, ella le bajó los calzoncillos, él se montó encima de ella le introdujo la polla poco a poco en su chocho depilado, fue entrado y saliendo poco a poco de su  coño, su clítores vibraba, ella gemía de placer, mientras se comían los morros, los dos se corrieron a la vez,  el orgasmo de ella fue tan fuerte que las paredes de la habitación temblaron al oír los gritos de placer. 

El le dio la ternura que ella había necesitado hace tiempo, por un momento no se sintió un objeto, se sintió una mujer amada.

Dos almas locas e incomprendidas se entendieron y se entregaron, de cuerpo y espíritu.

Ella reconoció que los hombres para ella eran consoladores pero no la consolaban 

El tuvo un sueño heterosexual, fue provocado por los devaneos de las historias de su querida amiga que le contaba.

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